Después de una calurosa noche de verano, Ana se despertó a su hora habitual; sintió las sábanas tibias, cubriendo su cuerpo en un aura placentera, logrando una agradable sintonía con el frío del aire acondicionado. Era este un gozo mundano de gran deleite, que hasta se podría culpar a las sábanas de ser atrevidas al tentarla unos 5 minutos más para sumergirse en ellas y alargar el tiempo de su descanso en ese santuario de suaves telas. Aunque lo quisiera, no pudo ir más allá de esa cumbre de placer, ya había sonado su reloj despertador con un chirrido desesperante, poniéndole fin a la poesía que ofrecía su cama.
Ana sintió que era momento de despertar y recibir un nuevo día como habitualmente lo hace, se vistió y decidió bajar al comedor. Desde las escaleras escuchó como desfilaban, en la televisión, noticias extrañas de sucesos inexplicables, dándole un sombrío impacto a sus sentidos, repartiendo su mirada entre las imágenes presentadas en la pantalla de personas, que en su mayoría eran ancianos y la otra parte adultos, hospitalizadas por diferentes causas. Hizo una inspección breve a la estancia, notando la carencia de detalles que deberían estar habitualmente en la escena madrugadora de su hogar, tales como la ausencia del aroma a café que prepara su madre ante de irse a trabajar. Ana ve a su madre, la cual, pareciera como si no se hubiese separado del sillón de la sala durante toda la noche. La mirada de Ana vuelve al televisor súbitamente, ya que escuchó las estadísticas que presentaba un doctor en el noticiero local, y que infortunadamente muestran un aumento estrepitoso de decesos por paros cardíacos, entre otras enfermedades que han ido a la alza en los últimos días: se habla del estrés, de la falta de sueño, de las consecuencias de la vida moderna.
-El estrés mata silenciosamente-, exclamó la madre de Ana.
La señora lucía unas hondas ojeras y una palidez inusual en su rostro; tenía una taza en sus manos y bebió un sorbo de ella, que al parecer contenía un líquido amarillento y con un aroma extraño, y después se hizo un silencio total. Estaba inusualmente callada, parecía ausente y Ana no quiso molestarle para pedirle que la llevase a la universidad, donde hace varios días, algunos de los maestros empezaron a faltar sin razón aparente.
Para llegar a su escuela, decidió hacerle una llamada a Leo, que era compañero de aula de Ana por casi 3 años. Después de 10 minutos, Ana ya se encontraba acomodándose en el asiento del coche del papa de Leo, que oportunamente acababa de aprender a conducir desde el mes pasado y se ofrecía llevarla, pero ella había rechazado su ayuda ya que su mamá siempre la había llevado. Ella deslizó el cinturón de seguridad por su cadera y partieron lo más pronto posible, porque faltaba poco tiempo para entrar a clases. Aunque, afortunadamente las circunstancias los apremiaban: los maestros habían empezado a reportarse enfermos y los pocos que asistían, no hacían otra cosa que tener la mirada perdida, desvariando un poco y balbuceando algunas cosas sin sentido.
Rumbo a la universidad, Ana se dio cuenta que extrañamente las calles estaban más solitarias que de costumbre. Ella pensó:
-¿Será algún día festivo y no me he enterado?-.
La poca gente que se veía en las calles parecía desorientada y como se encontraban en el auge más alto de calor de la temporada, les parecía muy normal ese comportamiento. Algunos trataban de resguardarse del fuerte sol y otros caminaban con languidez. En fin, todo parecía indicar que el clima volvería loco a cualquiera.
Leo prendió la radio en su estación favorita pero el locutor sonaba como si no supiese que decir. Por lapsos advertía sobre vehículos en sentido contrario, altercados “inusuales” en la zona metropolitana, pero después no era entendible lo que trataba de expresar. Soltaba dos o tres palabras incoherentes que inundaban la frecuencia de la emisión, pensaron ellos que tal vez eran problemas en la señal, así que no le dieron mayor importancia; Leo le comentó a Ana que pusiera su lista de spotify. Ella se puso a buscar una de sus canciones favoritas para animar el trayecto a la universidad. Cuando de pronto la voz del conductor sonaba más y más profunda, poco a poco nacía una risa macabra del radio hasta que llegó a un punto en que explotó sin ataduras, Leo y Ana se miraban preguntándose qué es lo que pasaba. Se detuvieron al ver la luz roja del semáforo y justo en ese instante el sonido de un fuerte impacto los interrumpió, mostrando en breve la figura de una chica pidiendo auxilio. La mujer se paró frente al coche y ellos seguían preguntándose qué le pasaba a ella. De la nada, apareció un hombre con una cara iracunda, el cual le asestó un poderoso machetazo a la mujer por la espalda, dejando inmutados los chicos.
-Déjenme en paz, salgan de mi cabeza-, gritó el hombre golpeándose su cabeza.
El sujeto arremetió su filoso machete contra el suelo de manera que hacía brotar chipas por la fricción contra el pavimento. Ana estaba perpleja, no pudo hacer otra cosa más que petrificarse en el asiento y ver como la chica era golpeada incesantemente por él desquiciado hombre, dejando una mancha roja que delimitó su trágica muerte.
Ana le pidió a Leo que arrancara el coche para alejarlos de la horrible escena y pedir ayuda; este reaccionó de manera inconsciente y pisó el acelerador a fondo. El iracundo hombre empezó a correr detrás del vehículo, arrojando este por los aires un brazo mutilado de la chica hacia el cofre del auto, el cual resbaló y se quedó tirado en asfalto. La lágrimas de Ana no se contuvieron más; su mente repasaba los detalles de escena con lentitud, como si se hubiese congelado el tiempo, no sabía qué hacer. Leo decidió que había que alejarse de ahí y pedir ayuda en la universidad. En unos angustiantes segundos quedaron fuera del alcance de ese maniaco. Tardaron unos minutos en llegar a la escuela, pero al fin estaban frente al edificio principal de la universidad. Trataban de tranquilizarse para buscar ayuda dentro de ella pero ahí no iban a encontrar consuelo, más que una oscura realidad salida de las más retorcidas pesadillas que pudiesen tener.
Al llegar, fueron recibidos con gritos de estudiantes acumulados frente al edificio de turismo, los cuales estaban grabando a un profesor, muy querido por todos los alumnos de esa institución. Él sonreía para las cámaras de los celulares que lo grababan, vociferando una especie de clase de desenvolvimiento escénico. Se encontraba sobre los límites del quinto piso y tomaba sin cuidado un cable de luz empotrado a la pared y eso era lo único que lo separaba del abismo. Los muchachos lloraban, trataban de persuadirlo, pero la cabeza del maestro parecía ser inmune a cualquier argumento, sonrió una última vez gritándonos que debíamos ser libres. El cable fue vencido por su peso, y él se entregó a los brazos de la nada, y de manera desafortunada, tomó a uno de los compañeros de Ana y Leo, que estúpidamente no pudo retirarse a tiempo por grabar la escalofriante escena, y fue arrastrado hacia el vacío, formando parte de otros cadáveres los cuales no se podían reconocer: a uno de ellos ni siquiera se le distinguía el rostro y otro con dos grandes bolsas negras bajo sus ojos y una brillante expresión de júbilo.
-¿Qué está pasando aquí?- , exclamó Leo.
Inmediatamente, dos maestros más fueron convencidos y atrapados por la inspiración que emanó el occiso y decidieron correr a seguir sus preceptos de liberación, justo en la misma dirección. Nadie creía lo que pasaba, hasta que sus carnosos cuerpos se convirtieron en bolsas de sangre y helaban los nervios a los testigos de tal acto. La histeria se inyectó en las masas, todos corrieron en busca de ayuda o simplemente alejarse lo antes posible de ahí. Todos menos Leo, quien no podía dejar de pensar en su hermana Liz, la cual había llegado temprano a la universidad acompañada de sus amigos. Leo no espero más y se adentró a las fauces de ese recién estrenado manicomio.
Al ver todo lo que pasaba, Ana se sumó a la entregada búsqueda de Leo para hallar a su hermana. Todos evitaban a los maestros, quienes parecían poseídos o como si se hubiesen convertido en alguna especie de zombie irracional. Unos gritos de terror se podían oír a lo lejos y le preocupaban a Leo, ya que eran provenientes del salón de Liz. Al llegar a dicha aula, todos sus compañeros estaban “castigados” por su maestro con cuchillo en mano, porque no entregaron el proyecto que encargó para este día, el cual le gritaban sus alumnos, no había pedido. Ana y Leo observaban por la ventanilla cuidadosamente al maestro: también veían como las blancas camisas de los alumnos estaban teñidas de rojo, uno que otro chico desgarrado por el paso del cuchillo, muchas lágrimas y un incalculable deseo por cruzar la puerta.
-¿Que podemos hacer?-, le susurró Ana a Leo-.
El tiempo se les escurría entre las manos y no podían pasar de estar como espectadores detrás de la pared. Leo angustiado al ver que su hermana corría peligro, se armó de valor encontró una escoba, la cual partió en dos, y teniendo en mente que debía salvar a Liz, pateó estrepitosamente la puerta del salón dejando desconcertado al profesor. Algunos de los alumnos trataron de escapar al ver que la salida estaba al alcance de ellos, pero el maestro con una rabia tremenda empezó a mover el cuchillo a diestra y siniestra para impedir el paso de los jóvenes, lacerando a estos en diferentes partes del cuerpo e inclusive degollando a uno de ellos. Leo al ver esto, aprovechó el ataque de ira del maestro clavándole el palo como estaca por la espalda, dejando empalado al maestro que yacía occiso.
Liz corrió a los brazos de Leo y sus rostros se llenaron de lágrimas de felicidad y miedo a la vez. Ellos sabían que tenían que investigar a detalle lo que estaba ocurriendo.
-¿Qué podemos hacer?-, -¿A quién podemos pedir ayuda?-, les preguntó Liz.
Después, esas preguntas hicieron que el cerebro de Ana reaccionara, tomó a Leo y a Liz y se trasladaron a la oficina del director, la máxima autoridad de esa institución. Yendo hacia la oficina de su director, se toparon con escenas horrendas al paso de los salones, Los ojos de los chicos no podían creer lo que veían; decenas de alumnos mutilados, maestros cometiendo atrocidades y algunos otros desvariados aventándose de la azotea de la universidad, todo esto era aún irreal para ellos.
Al llegar a la oficina del director, los chicos desesperados y pidiendo ayuda, trataron de abrir la puerta, la cual no cedía. Al otro lado de esta, se escuchaba un estrepitoso sonido a un volumen muy alto, el cual provenía de la televisión del director, ya que este padecía de sordera por su avanzada edad. Al no ver respuesta alguna, Leo vio la oportunidad de escabullirse por la ventana de la oficina, y con miedo, también lo siguieron Ana y Liz, pero al ingresar tuvieron una horrida sorpresa. El director estaba en desvarío como los demás maestros, con una mirada perdida y una sonrisa diabólica en su rostro; estaba sacando punta a todas las cosas que podía introducir en su viejo aparato para afilar los lápices. Al percatarse de esto, se escondieron detrás del sofá polvoriento que tenía el director para recibir a las personas que él llamaba cuando se suscitaba algún problema. El director desesperado al no encontrar que cupiera por el orificio del sacapuntas, comenzó a introducir uno de sus dedos a la máquina, empezó a escurrir sangre de ella y él sin ningún dolor aparente, siguió moviendo la manivela del artefacto. Leo al ver esto, trató de detenerlo pero el hombre asustado tomó uno de sus filosos lápices y se lo clavó en el hombro al chico. Ana no sabía cómo reaccionar a tan terrible situación, se quedó pasmada y temblando de miedo, pero la que si reaccionó era Liz. Ella al ver que Leo corría peligro, arremetió violentamente contra el anciano director, proyectándolo contra su escritorio de madera, y de manera brutal su cuello fue fracturado por la orilla del inmueble. Ana salió del shock y al ver que todo estaba en calma, auxilió a Leo para detener la hemorragia con el pañuelo que tenía el director en su saco. Segundos después algo llamó su atención, voltearon a ver la televisión, ya que en las noticias pasaban videos relacionados con estos incidentes, no solo de manera local sino también a nivel mundial. Los doctores y científicos no hallaban una explicación a lo que sucedía, pero muchos le atribuían que era la contaminación global de los mares y aire, causada por los desechos radiactivos que Japón derramó en su desastre con la planta de energía nuclear. Los chicos se quedaron impactados al ver todo esto y decidieron irse de esa escuela de locos.
Al abordar el carro de Leo, las chicas miraban a sus alrededores cosas aterradoras y enfermizas, la cuales no podían comprender. Leo se mantuvo en silencio en todo el trayecto hasta la casa de Ana, mientras ellas sollozaban de temor y angustia. Estaban fatigados de toda esta travesía pero por fin llegarían a su destino.
Entraron a la casa para ver si todo era seguro y en efecto todo estaba tranquilo, pero eso le inquietaba a Ana, ya que no sabía dónde se encontraba su madre. Comenzó a llamarla con gritos titubeantes, pero no hubo respuesta por parte de ella. Entonces decidió entrar a su dormitorio donde la señora se encontraba jugando con un cutter, pasándose la delgada y afilada navaja por sus brazos, los cuales ya estaban dañados por el roce de este.
-¿Qué haces?-, Ana le preguntó.
-Hay algo dentro de mis brazos, ¿Qué no lo ves?-, dijo su madre.
Con miedo, Ana se acercó a ella para arrebatarle el objeto punzo-cortante de sus manos, pero la mujer no dejó que se acercara su hija, y de manera súbita, de un solo tajo se corta la garganta por la desesperación de que lo que estaba dentro de ella no pudiese salir. La chica empezó a gritar como loca, tratando de parar la hemorragia del cuello de su madre pero era inútil. Leo acudió a su llamado de ayuda, la abrazo y la consoló, mientras Liz se postraba en el suelo, cansada y ya sin lágrimas en sus ojos. Leo tomo su teléfono para llamar a casa de sus padres, mientras Ana tomaba una ducha para limpiarse la sangre que escurría de sus brazos y pecho. Mientras el agua corría por el cuerpo de la chica, ella meditaba la situación actual de lo que estaba pasando, pero no tenía ni pies ni cabeza todo lo que pasaba por su mente. Al salir Ana de la regadera, vio a Liz y a Leo desconsolados abrazándose el uno al otro, ella no sabía que pasaba así que decidió preguntar:
-¿Todo bien?-
-Hable con mi papa por teléfono no entendía su balbuceos solo alcance a escuchar unos disparos y después ya nadie me contesto-, respondió Leo.
Ana se quedó helada por la noticia y pensando:
-¿Qué rayos le está pasando al mundo?-, -¿Acaso nos pasará lo mismo que a ellos?-.
No entendían la situación así que decidieron permanecer juntos en la casa hasta que la situación se estabilizara.
Después de 4 días del incidente, ya casi se han acabado los suministros de comida, no han puesto un pie fuera de la casa, la televisión ya no sintoniza algún canal, todo está hecho un caos. Lo más extraño es que ellos no han podido conciliar el sueño: Liz se ve desesperada y de la nada tiene arranques de ira; Leo sigue tranquilo, no come casi nada y rara vez les dirige la palabra, mientras tanto Ana… no sabe si lo que vivió era un mal sueño, ya no sabe qué es real y que no lo es… pero… ella no quiso averiguarlo. Con un chuchillo arremetió contra su ojo, atravesándolo y quedando postrada en el sillón de su sala.
FIN Idea original by Lex Almerich

